21 de septiembre de 2016

El descenso a los infiernos...

No hay otra patria que el fútbol. Porque mi patria es mi infancia. Y mi infancia es el recuerdo del cambio de cromos en el patio del colegio y las primeras burlas de los compañeros que apoyaban al Madrid o el Barça y que siempre tenían más motivos para estar eufóricos que yo. También tu patria se asienta en aquellos domingos de radio color ocre donde sólo el sonido del locutor narrando el partido te convencía de que la vida dominical no se había parado. Recuerdo observar con extrañeza, como si fueran extraterrestres, a los amigos que no estaban envenenados por el fútbol y pensaba que debían tener un secreto terrible en sus vidas que les impedía apasionarse. Aquellos partidos de buena mañana antes de subir al autobús que nos llevaba al colegio con cualquier objeto que fuera capaz de moverse con el impacto de un puntapié me siguen arrancando una sonrisa. Al preguntarme el por qué alguien pertenece a unos colores u otros dudo mil veces. Pero concluyo que es una prueba de fidelidad a tus genes, a tu bandera y a la de tu padre. No hay más. No puedo decir lo que pienso de aquellos que renuncian a esta irremediable herencia pues no quiero aparecer en una cuneta sin nombre después de una noche de copas. Y ya instalado en unos colores, se puede cambiar en la vida diez veces de novia, de coche, de apartamento o de dentífrico. Pero de equipo no. Eso es intocable. Y heredas con ello una parte de pasado oscuro aunque no intervinieses ni siquiera con inacción en ello y no se te pueda atribuir culpa alguna. Dicen que los golpes de la vida son una oportunidad para crecer, que controlando el dolor uno se llega a convertir en invulnerable. Literatura barata creo yo. Y es que de la historia de algunos clubes se resaltan más las tragedias que marcan su carácter que los triunfos, que por ser eso son efímeros. Acostumbrados los valencianos a quemar físicamente todo lo que nos fastidia la vida, no hemos sabido encontrar la fórmula de convertir las pesadillas en Fallas y que ardan bajo el fuego purificador. En nuestra memoria encontramos hitos que marcaron parte de una historia negra que arrebata brillo a una trayectoria reconocida en todas partes. Nunca el asunto de la economía del Valencia fue un aspecto que dejase de causar mil problemas y hasta en dos ocasiones tuvieron que emitirse bonos para sanear o financiar proyectos en que el club se embarcó. Pero hay cosas que duelen mucho más que estos descréditos puntuales. Y voy a detenerme en ellas para que os situéis en este escenario de tristezas. Nos retrotraemos a un desolador paisaje humano y físico de nuestro estadio tras la guerra civil de 1936 que fue el más descorazonador posible para el fútbol pues la contienda había destrozado campos de juego y había matado y mutilado a miles de personas. El campo de Mestalla, como muchos otros de toda España, estaba arruinado ya que durante la Guerra había servido como almacén de todo tipo de vehículos y el terreno de juego estaba destrozado como también lo estaban gradas, cubiertas y otras instalaciones. Ya un 14 de Octubre de 1957 un drama de grandes proporciones asoló la ciudad de Valencia y, por consiguiente, a nuestro equipo. Y es que violentísimas lluvias lanzaron sobre la ciudad centenares de metros cúbicos por metro cuadrado de agua haciendo que el río Turia se desbordara a la altura de las Torres de Serranos, muy por encima de los peores augurios, tanto que llegó a alcanzar siete kilómetros de ancho en su desembocadura. Es por esto que el agua y el barro que el río estaba arrastrando inundaron la ciudad y la convirtieron en un escenario dantesco. Hubo 81 muertos y desaparecidos con miles de personas sin hogar y con daños calculados entonces en una cantidad económica muy importante. El estadio por supuesto quedó totalmente inundado y el agua llegó hasta los graderíos dejando prácticamente inutilizado el recién reformado estadio dos años antes con sillas caídas sobre el terreno de juego y la imposibilidad de acceder al túnel de vestuarios. Estos vestuarios primero fueron una gran balsa de agua y luego un gran bloque de barro.
Nos plantamos ahora a finales de la década de los cincuenta cuando el gran Presidente Luís Casanova envió al fiel y comprometido valencianista Eduardo Cubells a Brasil con la misión de fichar al mejor jugador brasileño que encontrara y, finalmente, el elegido resultó ser Walter. El hecho es que fueron muchos los partidos que allí Cubells tuvo oportunidad de ver y, en su regreso a Valencia, hablaba de que había un joven jugador de diecisiete años que le había deslumbrado por sus enormes cualidades ya que tenía toque, disparo, rapidez y visión de juego. Este jovencito no era otro que Edson Arantes do Nascimento, Pelé, el magnífico diez brasileño del Santos considerado por muchos como el mejor jugador de todos los tiempos. Cubells estuvo tentado de traerlo pero temió que un cambio tan radical de aires y de entorno malbaratara la carrera de esta entonces joven promesa. No digo que esta fuese una tragedia pero Walter Marciano de Queiroz llegó a Valencia como posible solución al peligro que suponía la política de contención económica del club y, aunque nunca llegó a ser un crack, pronto se ganó a la afición. Por eso tres mil aficionados se reunieron en la presentación de un brasileño que había sido proclamado mejor jugador del fútbol carioca y artillero más peligroso del Vasco de Gama. Tenía entonces 24 años y medía unos escasos 1,69 cm. y levantaba tantas pasiones que tan pronto hacía un partido memorable como pasaba desapercibido. Tampoco las frecuentes lesiones le ayudaron al triunfo completo. Y llegó el 21 de junio de 1961 que fue un día negro en la historia del Valencia. En un terrible accidente de tráfico en el que Walter iba con varios compañeros a celebrar el cumpleaños de un jugador del equipo fallecía en la carretera del Saler cuando su SEAT 1.400 se salió de su carril en una curva muy cerrada llamada “la curva de la muerte” y colisionó contra un camión de bebidas refrescantes que iba delante de él. Entonces tenía treinta años y llevaba tres en Valencia donde llegó casado, con un hijo pequeño y donde tuvo el segundo. El entierro de Walter fue una impresionable manifestación de duelo en Valencia que congregó a más de 15.000 personas que fue presidida por su viuda y las primeras autoridades de la ciudad. Los jugadores transportaron el féretro a hombros desde el Hospital Clínico hasta las Viveros municipales.
Y también por aire vinieron las maldiciones en el vuelo de regreso a Valencia desde Nottingham en la vuelta de la primera eliminatoria de Copa de Ferias de la temporada 1961. Este fue un viaje dramático ya que una tormenta sorprendió al avión tanto en Inglaterra como en Francia y ya en Barcelona el piloto no siguió la indicación de que tomara tierra. Lo cierto es que la expedición valencianista regresaba eufórica tras vencer por 1-5 en el estadio del City Ground y saber que los periódicos de toda Europa habían recogido aquella gesta. Pero el vuelo charter de una compañía británica estuvo a punto de estrellarse en los Pirineos pues la tormenta arreció y se ordenó al piloto que tomara tierra en Bayona. Este no hizo caso y una violenta granizada hizo que el aparato comenzase a dar tremendos bandazos que hicieron que el avión se resquebrajara, se apagase la luz y que el agua entrase por muchas brechas del fuselaje. El doctor Ribes administraba calmantes a los pasajeros y vendó la cabeza de su hija pues sangraba abundantemente a causa de un bache que la sacó de su asiento y la arrojó contra el suelo. Los viajeros llenos de pavor pensaron que iban a morir ya que el avión que se había fletado expresamente para ese desplazamiento sufrió daños de consideración. Al llegar ya de madrugada a Manises muchos se arrojaron al suelo llenos de emoción y comprobaron como las letras del fuselaje se habían borrado literalmente por los efectos del diluvio. Catástrofes como las de la Selección de Zambia, Torino o Manchester United pudieron habernos sucedido...
Pero, por ser historia, el dolor es menor cuando lees estas oscuridades sobre el papel o cuando las escuchas de un nostálgico que evita los detalles más luctuosos. Pero lo vivido en primera persona, amigo ese ya es otro cantar. Hay cosas que el cuerpo niega que hayan sucedido. Por tu propia supervivencia. Por no aceptar el deshonor. Por no sentir que algo se cayó. Y entonces te sumes en un sueño que niega lo que te produce ese dolor. Pero sucede que la vida hay veces que te avisa con antelación de las desgracias que te tiene preparada como el dolor que se sufre en el brazo y anticipa un infarto de miocardio. Eso para que te vayas preparando. Los valencianistas no podemos quejarnos de que con nosotros se hiciera una excepción en este aviso macabro ya que la temporada 82-83, la de la resaca de un mundial de España aciago para nuestros colores rojos y la del regreso del más grande “matador”, melena al viento, que conoció Mestalla, fue el preludio con una salvación in extremis en el último partido ante el Real Madrid con un gol histórico y providencial de Tendillo. Ya se afilaban los cuchillos en esa contienda donde ya estaban preparados los cirujanos dispuestos a hacer filetes y finalmente no llegó la sangre a un rio que bajaba sin duda con las aguas turbulentas de Simon & Garfunkel.
Pero no hay segundas oportunidades en el incomprensible arte de patear un cuero y la temporada 85-86 apareció inexorable trayendo los peores augurios, confirmando que una situación deportiva y económica alarmante se acaba pagando, aunque se retrase en el tiempo la sentencia condenatoria. Entre los estudiantes de aquel último curso de Bachillerato se pronunciaba una frase a lo largo de la temporada que aún resuena con amargura en mi memoria: “A nosotros no. Somos un club histórico. Eso les pasa a otros”. Esta era una frase que como una especie de píldora calmante ejercía sobre nosotros el efecto placebo que necesitaban nuestros cuerpos. Y es que la plantilla del Valencia era insultantemente corta y como primer capitán del naufragio deportivo tuvimos al bueno de Oscar Rubén Valdéz, otrora motor incansable del ímpetu futbolístico, aunque ello no camufló que era un novato entrenando en las lides de la Primera División española. Ya a finales de la décima jornada se iban adivinando las nubes negras que se cernían sobre el cielo de la capital del Turia. Apostar por la juventud le salió muy caro, carísimo, pero Valdéz dejó la impronta de alguien amigo de los jugadores que se portaba con ellos como un Big Brother en versión de mediados de los 80.  Y la puntilla asesina le llegó en la jornada 22 tras recibir un duro correctivo de la Real Sociedad por 6-0 en el antaño histórico estadio de Atocha. Y se contrató entonces como entrenador a la Saeta Rubia, a un Alfredo di Stéfano que ya había dejado su sello en el año 70 en nuestra memoria particular consiguiendo un título de Liga que desde los años 40 se resistía al equipo del murciélago. Ello seguía aumentando la cuota de argentinidad que, imparable, ha ido complementando a nuestro equipo desde los años 70. Dicen los que convivieron con D.Alfredo en aquellos días que su preocupación y angustia por la situación del equipo convirtió su trabajo en una tortura que se convertía en insomnio desesperado. No era para menos. Equipos como el Betis, Las Palmas, Racing de Santander, Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao habían ultrajado el santuario de Mestalla adornando de negativos una nefasta tabla clasificatoria. Lo terrible de esta broma macabra es que el equipo tenía calidad ya que nadie pudo nunca decir que los Sempere, Quique, Tendillo, Arias, Castellanos, Boro, Subirats, Arroyo, Fernando o Roberto, no hayan pasado a nuestras enciclopedias particulares como jugadores aguerridos que lo dieron todo sobre el césped valenciano. Pero la moral era inexistente, el carácter debilitado por un entorno viciado y la mala suerte excesiva para un juego ya languideciente. Nunca olvidaremos el partido entre el Cádiz y el Betis en el que ambos consiguieron la salvación con un empate a cero que nos condenaba al abismo haciéndonos descender matemáticamente y provocando la dimisión inmediata del Presidente Tormo. Se comentó más tarde que algún maletín con diez millones de pesetas de la época motivó una votación en el vestuario del Betis para decidir si jugaban a empatar o a ganar el partido.  Y decidieron empatar dando una lección magistral de camorrismo futbolístico ¡¡¡¡… Más allá de este “detalle”, quien se ganó a pulso el descenso fue nuestro murciélago moribundo. Ese 20 de Abril de 1986 huelga decir que fue el día más triste de nuestra historia, nacida aquel 18 de Marzo de 1919 para mayor gloria del deporte valenciano, única ocasión en que nuestro club visitó el abismo del descenso. Nuestros ojos se llenaron de lágrimas y me siento incapaz de describir aquella tristeza cuando despedimos al equipo en el último partido en Mestalla como si fuera a emprender un largo viaje y necesitara una ovación. Durante el descanso sonaron los Madness con su "It must be love", como expresión de que este amor era insano, loco y anárquico, no un amor romántico que se llena con frases prefabricadas con olor a almidón. Un amor quizás como un puño que aterriza golpeando la mesa, un amor desbocado hasta en la tragedia. Y recuerdo haberme abrazado a mi bandera blanca como si hubiese tenido un ataque de frío polar que sólo hubiese paliado aquel pedazo de tela desconsolada. La afición demostró ser el mejor jugador del Valencia y aplaudió a unos jugadores que se fueron llorando del campo. Recuerdo también una ráfaga de aire que llenó el cielo de cientos de papelitos en las gradas ya vacías, como en un western crepuscular donde ya no quedan malhechores que asesinar. Mi amigo me dice cuando se equivoca de novia, y esto le sucede casi siempre, que las lealtades no se eligen, te atrapan y te hacen sufrir aunque sepas que te equivocaste de camino. Pero con el equipo y la cancha de tu alma no valen renuncias, que eso es de cobardes y miserables capaces de vender a su madre. Llamadme exagerado pero desde entonces la película La Lista de Schindler y nuestro descenso comparten banda sonora, violín desgarrador .
 Como no hay mal que por bien no venga, aunque en este caso sea recoger madera de un naufragio, el club se encontró con el señorío de un nuevo presidente que tomó el mando de una nave a la deriva que se disponía a realizar su travesía del desierto particular en la segunda división. Sí, D.Arturo Tuzón fue un digno heredero de D.Luis Casanova, dos señores de aquella raza antigua en color sepia donde una palabra era el juramento más férreo, dos caballeros que ridiculizaron con su honradez a una ristra de presidentes que les sucedieron para aprovecharse en lo personal de su cargo o adornar su mediocre perfil humano y profesional con un honor que debió estar reservado siempre para los mejores.
Para la segunda División se renovó a Di Stéfano como entrenador y causaron baja dos estandartes como fueron Roberto y Tendillo, traspasados por la nefasta situación económica en que seguía el club. Este mal sueño sólo duró una temporada, gracias en buena parte a que toda la sociedad valenciana, incapaz de aceptarse tantas veces a sí misma,  entendió en ese crucial momento que era necesario que todas las partes de su masa social apoyaran sin fisuras y sin reproches el mismo objetivo de regresar cuanto antes a la Primera División, lugar que nunca debió abandonarse. Y viajamos a apoyar a nuestro equipo por estadios donde identificarte como hincha del Valencia era una verdadera profesión de riesgo. Como si fuésemos a robarles el alimento del banquete, éramos tratados con insultos irrepetibles que nos hicieron crecer en las artes del escapismo. También las burlas hirientes de los aficionados rivales, enfadados por cualquier asunto de sus anodinas vidas, tenían como destino nuestras caras por la situación de un equipo grande dando brazos en el hoyo de la segunda División. Pero sobrevivimos a todo ello y festejamos el ascenso final recibiendo al equipo en el balcón del Ayuntamiento de la ciudad, el mismo lugar donde se grita a los pirotécnicos que prendan sus artefactos brutales. La primera ocasión de visitar una plaza que después, con los años, nos dio glorias inenarrables. Titulares en prensa como “Ya está” o pancartas como “Sólo fue una pesadilla” expresaban el sentir de la sociedad… pero esta fugaz pesadilla será literatura en las página de los libros que queremos olvidar… pero ese es nuestro secreto. Mucho de todo lo que os he relatado ha hecho crecer en mí una irrefrenable vocación por escribir. He encontrado en los blogs una manera certera y quirúrgica de hacerme oír y leer por cauces que en otra época hubiesen exigido de mí la ubicuidad. Tiempos vendrán de contaros títulos y exquisiteces, pero os confieso que las miserias y disgustos de mi equipo extrañamente me reconcilian con él…